En la vida cristiana, muchas veces surge la pregunta: ¿Qué debería hacer un creyente cuando otra persona que afirma seguir a Cristo vive en pecado de forma intencional y no muestra arrepentimiento? La Biblia ofrece orientación clara para estas situaciones, porque la comunión dentro del Cuerpo de Cristo no es solo un asunto social, sino profundamente espiritual.
1. La importancia de la santidad y la comunión
Dios nos llama a vivir en santidad. La Palabra enseña que las malas compañías pueden corromper el buen carácter:
“No se dejen engañar: Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.” (1 Corintios 15:33, NBLA).
Si bien este pasaje se refiere en general a influencias negativas, el principio se extiende a quienes dentro de la iglesia viven en pecado sin arrepentimiento.
2. Separarse de quienes se dicen hermanos pero persisten en pecado
El apóstol Pablo fue muy directo sobre esto. En su carta a los Corintios da una instrucción fuerte:
“Sino que en efecto les escribí que no anduvieran en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral, o avaro, o idólatra, o difamador, o borracho, o estafador. Con esa persona, ni siquiera coman.” (1 Corintios 5:11, NBLA).
Esto no significa ser orgulloso ni creerse mejor que otros, sino proteger la santidad de la iglesia y evitar la contaminación espiritual. El contexto muestra que Pablo habla de aquellos que practican el pecado de forma deliberada y no muestran arrepentimiento.
3. El propósito de esta separación
El propósito no es rechazar por rechazo mismo, sino que la disciplina y el apartarse de ellos sirva para que se den cuenta de su condición y se arrepientan:
“Pero Dios juzga a los que están fuera. Expulsen al malvado de entre ustedes.” (1 Corintios 5:13, NBLA).
El mismo Jesús también habló de confrontar al hermano que peca (Mateo 18:15-17). Si no escucha ni a la iglesia, debe ser tenido como “gentil y publicano”, es decir, alguien que necesita arrepentimiento y salvación.

4. Guardar la bendición de Dios en la propia vida
La Biblia enseña que la comunión afecta nuestra relación con Dios. Si uno mantiene una amistad o cercanía con alguien que se dice creyente pero vive deliberadamente en pecado, esa relación puede influir y terminar afectando nuestra obediencia y la bendición de Dios sobre nuestra vida.
Por eso, el consejo de la Palabra es claro: exhortar primero, orar, pero si no hay arrepentimiento, apartarse.
Conclusión
El creyente tiene la responsabilidad de amar, corregir y exhortar en amor. Pero cuando no hay arrepentimiento y el pecado es intencional, la separación es un mandato bíblico para proteger la pureza de la iglesia y la comunión personal con Dios.
“¿Andan dos hombres juntos si no se han puesto de acuerdo?” (Amós 3:3, NBLA).
Que el Señor nos dé discernimiento para aplicar Su Palabra con amor y firmeza.





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