¿Por qué todos somos iguales ante los ojos de Dios y de Cristo?

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Vivimos en una sociedad donde muchas veces las personas son valoradas por su dinero, profesión, apariencia, origen o posición.

Pero la Biblia presenta una perspectiva diferente sobre el valor de cada ser humano. Ante Dios, ninguna persona tiene un valor superior a otra, porque todos somos creación suya y todos necesitamos de su gracia.

Origen y creación

Imagen divina

La Biblia enseña que todos los seres humanos fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Esta afirmación establece una base profunda para comprender el valor de cada persona.

Nuestra dignidad no depende de cuánto tenemos, de dónde nacimos, de nuestra profesión, de nuestro nivel educativo o de la opinión que los demás tengan sobre nosotros.

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó.”
Génesis 1:27

Desde esta perspectiva, cada vida tiene un valor propio. Nadie necesita demostrar que merece respeto para ser tratado con dignidad.

Misma condición

Las diferencias económicas y sociales existen, pero no determinan el valor esencial de una persona.

Alguien puede tener mucho dinero y otra persona puede tener muy poco, pero ambas tienen el mismo Creador y poseen una dignidad que no depende de sus bienes.

La Biblia invita a mirar más allá de las diferencias externas y reconocer aquello que todos compartimos.

Pecado y salvación

Culpabilidad compartida

La Biblia también presenta una realidad que nos coloca a todos en el mismo nivel. Ninguna persona puede afirmar que vive perfectamente o que nunca ha fallado.

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23

Esta enseñanza no busca señalar a unos como peores que otros. Por el contrario, nos recuerda que todos tenemos algo que corregir, todos podemos equivocarnos y todos necesitamos perdón.

Reconocer nuestras propias faltas también puede ayudarnos a ser menos rápidos para juzgar las de los demás.

Acceso a la gracia

El mensaje cristiano sostiene que el perdón y la salvación ofrecidos por Dios están disponibles para todas las personas. No dependen de la raza, la posición económica, los antecedentes familiares ni el nivel de reconocimiento social.

Para el cristianismo, la gracia de Dios es un regalo que se recibe por medio de la fe y que encuentra su expresión central en Jesucristo.

Esto significa que nadie está demasiado lejos para recibir el perdón de Dios y que nadie puede considerarse demasiado importante como para necesitarlo.

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Imparcialidad divina

Sin favoritismos

Las Escrituras enseñan que Dios no juzga a las personas utilizando los mismos criterios con los que muchas veces las juzgamos nosotros.

“Porque no hay acepción de personas para con Dios.”
Romanos 2:11

Las apariencias pueden influir en nuestra percepción.

El dinero puede generar admiración, un título puede generar respeto y una determinada posición puede otorgar reconocimiento. Pero ninguna de esas cosas hace que una persona tenga más valor ante Dios.

Esta enseñanza también nos invita a revisar nuestra propia manera de relacionarnos con los demás.

¿Tratamos de la misma manera a quien puede beneficiarnos y a quien no puede ofrecernos nada? ¿Respetamos únicamente a quienes tienen una posición importante? ¿Juzgamos a alguien por su apariencia, origen o situación económica?

La igualdad ante Dios no significa que todos tengamos las mismas circunstancias, capacidades o responsabilidades. Significa que ninguna de esas diferencias determina nuestro valor fundamental como seres humanos delante de nuestro Creador.

Una verdad para vivir y compartir

Quizás uno de los mayores desafíos sea llevar esta verdad a nuestra vida cotidiana. No alcanza con decir que todas las personas tienen valor si nuestras acciones muestran lo contrario.

Podemos empezar por algo sencillo. Escuchar sin prejuicios, tratar con respeto, evitar juzgar por las apariencias, reconocer nuestros propios errores y ofrecer a otros la misma dignidad que esperamos recibir.

Si creés en Dios, que esta enseñanza te lleve a reflejar su amor en la manera en que tratás a los demás. Y si simplemente estás reflexionando sobre estas palabras, quizá esta pregunta también sea para vos.

¿Qué cambiaría en nuestra forma de relacionarnos si realmente creyéramos que todas las personas tienen el mismo valor ante Dios?

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